Ser poeta nao é uma ambiçao minha
É a minha maneira de estar sòzinho.
Ser poeta no es una ambición mía.
Es mi manera de estar solo.
Fernando PESSOA
viernes, 10 de septiembre de 2010
martes, 8 de junio de 2010
ALADAS
Alada
la vergüenza se despoja
de su herida yugular
y cabalga a lomos
de la palabra desinhibida,
fugaz, asteroide,
le silba la bala al alba
en un disparo de noche
y se agazapa en el rubor
del horizonte;
ya desentierran el náufrago fuego
asoma el calor de dos cuerpos celestes,
tan cerca que queman
al lado uno del otro,
alados.
la vergüenza se despoja
de su herida yugular
y cabalga a lomos
de la palabra desinhibida,
fugaz, asteroide,
le silba la bala al alba
en un disparo de noche
y se agazapa en el rubor
del horizonte;
ya desentierran el náufrago fuego
asoma el calor de dos cuerpos celestes,
tan cerca que queman
al lado uno del otro,
alados.
La Palma (FOCO I)
El fracaso se transforma
como un cono invertido
la isla de Palma
me la cuentan
yo no la veo
pero la imagino
y a mí en el centro
del hervidero rojo
como un gusano esperando
a ser mariposa
la fuerza contenida
y la esperanza de ser más, mejor
y más lejos
más absurda y coherente
más mestiza
y estallo en un disparo hacia el cielo
y estrellas rojas líquidas
salpican el mar,
que se queja en sus suspiros
de las quemaduras,
de mi osadía,
de mi insolente rebeldía
contra mi propia tendencia
al abismo.
como un cono invertido
la isla de Palma
me la cuentan
yo no la veo
pero la imagino
y a mí en el centro
del hervidero rojo
como un gusano esperando
a ser mariposa
la fuerza contenida
y la esperanza de ser más, mejor
y más lejos
más absurda y coherente
más mestiza
y estallo en un disparo hacia el cielo
y estrellas rojas líquidas
salpican el mar,
que se queja en sus suspiros
de las quemaduras,
de mi osadía,
de mi insolente rebeldía
contra mi propia tendencia
al abismo.
FOCO II
El haz de luz
dinamita la esperanza
se apaga y danza
con los demonios de la incertidumbre
anega las cumbres
y vacía los pozos
se hace ovillo
esencia
nudo
agujero negro
enhebra la aguja
así, como por despecho
y se hace luz de nuevo
brota bajo las piedras
quiebra los cascarones
trepa por los rincones
y culebrea
ciego, pero inmortal.
dinamita la esperanza
se apaga y danza
con los demonios de la incertidumbre
anega las cumbres
y vacía los pozos
se hace ovillo
esencia
nudo
agujero negro
enhebra la aguja
así, como por despecho
y se hace luz de nuevo
brota bajo las piedras
quiebra los cascarones
trepa por los rincones
y culebrea
ciego, pero inmortal.
Se dice que seduces
con la palabra
no hay mejor mortero
en el que moler los sesos
Te insinuas sinuoso
cobijas bajo tu lengua
la daga que habrá
de darme dudas
Si me quieres
si te admiro
si me asustas
si te miro
y se me apaga la lucidez
No señales con el dedo mi rubor
está feo
no me grites que no vivo como pienso
pronto sabré si debo
pronto verás si puedo
Pero hasta entonces
apaga ese foco
retírate el velo.
con la palabra
no hay mejor mortero
en el que moler los sesos
Te insinuas sinuoso
cobijas bajo tu lengua
la daga que habrá
de darme dudas
Si me quieres
si te admiro
si me asustas
si te miro
y se me apaga la lucidez
No señales con el dedo mi rubor
está feo
no me grites que no vivo como pienso
pronto sabré si debo
pronto verás si puedo
Pero hasta entonces
apaga ese foco
retírate el velo.
ATÓNITOS
Atónitos
se preguntan
qué están mirando
lo contemplan
y no dan crédito
despegan la tirita
un golpe seco será mejor
y de seco arranca
hasta las lágrimas
y media pupila
como media luna menguante
en una noche cada vez más oscura
y sin embargo deslumbra
más que los faros tras la curva
deslumbra por hermosa y aterrante
cuando madura, la duda.
se preguntan
qué están mirando
lo contemplan
y no dan crédito
despegan la tirita
un golpe seco será mejor
y de seco arranca
hasta las lágrimas
y media pupila
como media luna menguante
en una noche cada vez más oscura
y sin embargo deslumbra
más que los faros tras la curva
deslumbra por hermosa y aterrante
cuando madura, la duda.
RENACIMIENTO
La personita común
en que te has convertido
casi se parte el cuello
de mirar hacia el cielo
en busca de sus alas olvidadas
de poeta desnutrido
Son cerosesenta
este boli que tiene que ser
azul
no vale cian ni magenta
hoy caerá la tormenta
y es preciso levantarme la falda
como si fuera una cesta
para ver si en una de éstas
el cielo devuelve mis alas
y con ellas las ganas
de crear moldear descubrir
soñar cabalgar imaginar
a lomos de palabras nuevas
que son ya viejas
pero suenan renovadas
tras el largo exilio del alma
que se pierde en las marismas
de lo cotidiano, de lo cotiDiana
que ya soy un poco más yo
y menos mi propia sombra
que ya renazco y me reinvento
y me reconozco en
las voces que me nombran
que el espejo devuelve una imagen
desencajada pero real
mueves un poco las piezas
del puzzle mental
y se revela la imagen
insospechada y familiar
pequeña y descomunal
cabal
pero con la melena suelta
que así nos lo cuenta la vida
que uno muere, renace
y habita sus propios recuerdos
hasta hacer que la historia
se repita.
en que te has convertido
casi se parte el cuello
de mirar hacia el cielo
en busca de sus alas olvidadas
de poeta desnutrido
Son cerosesenta
este boli que tiene que ser
azul
no vale cian ni magenta
hoy caerá la tormenta
y es preciso levantarme la falda
como si fuera una cesta
para ver si en una de éstas
el cielo devuelve mis alas
y con ellas las ganas
de crear moldear descubrir
soñar cabalgar imaginar
a lomos de palabras nuevas
que son ya viejas
pero suenan renovadas
tras el largo exilio del alma
que se pierde en las marismas
de lo cotidiano, de lo cotiDiana
que ya soy un poco más yo
y menos mi propia sombra
que ya renazco y me reinvento
y me reconozco en
las voces que me nombran
que el espejo devuelve una imagen
desencajada pero real
mueves un poco las piezas
del puzzle mental
y se revela la imagen
insospechada y familiar
pequeña y descomunal
cabal
pero con la melena suelta
que así nos lo cuenta la vida
que uno muere, renace
y habita sus propios recuerdos
hasta hacer que la historia
se repita.
CENIZAS
Amanezco de la noche templada
he paseado mis sueños
por el ecuador de la nada
como un torpe funambulista
borracho de desequilibrio
He catado la indiferencia
de tus labios pegados al sueño
he abierto una brecha de fuego
con el metal de mi lengua
He roto la noche en tu boca
la he vuelto tan roja
que todos los peces de río
han ido hasta allí
a dejarse morir
Le he dado un bocado a la vida
como quien muerde la herida
que sangra por tí
He visto un pedazo de cielo
encenderse en tus ojos
y luego apagarse
Éramos nosotros
he paseado mis sueños
por el ecuador de la nada
como un torpe funambulista
borracho de desequilibrio
He catado la indiferencia
de tus labios pegados al sueño
he abierto una brecha de fuego
con el metal de mi lengua
He roto la noche en tu boca
la he vuelto tan roja
que todos los peces de río
han ido hasta allí
a dejarse morir
Le he dado un bocado a la vida
como quien muerde la herida
que sangra por tí
He visto un pedazo de cielo
encenderse en tus ojos
y luego apagarse
Éramos nosotros
SATÉLITE
La miro y es como si mirara
A través de mi satélite
Respiro como si respirara
Por los alvéolos de una rama
Sonrío y en el espejo
Hallo la misma alegría concentrada
Porque juntos pactamos de madrugada
que no queremos llegar a viejos
sin saber lo que es crear
un alma con nuestros cuerpos
porque supimos entonces
que la vida sigue su curso sin nosotros
pero algo queda de ti, de mi
si nos miramos en otros ojos
y nos reconocemos
Nuestro amor obró el milagro
y ahora ha abierto una sucursal en mis brazos
lo mezo y lo alimento
para que crezca libre y sin amarres
porque por más que lo intento
no se me ocurre mejor manera
de amarte
A través de mi satélite
Respiro como si respirara
Por los alvéolos de una rama
Sonrío y en el espejo
Hallo la misma alegría concentrada
Porque juntos pactamos de madrugada
que no queremos llegar a viejos
sin saber lo que es crear
un alma con nuestros cuerpos
porque supimos entonces
que la vida sigue su curso sin nosotros
pero algo queda de ti, de mi
si nos miramos en otros ojos
y nos reconocemos
Nuestro amor obró el milagro
y ahora ha abierto una sucursal en mis brazos
lo mezo y lo alimento
para que crezca libre y sin amarres
porque por más que lo intento
no se me ocurre mejor manera
de amarte
VIAJE
Desoigo los rumores
que anticipan mi derrota
oteo cada sombra
del desolado paisaje
que me nombra
y me derramo
Por la muralla de huesos
que divide tu espalda
me derramo
Por las secretas cavidades
de tu anatomía
me derramo
Por el atlas de tu cuerpo
como una gota fría
Y caigo
Justo en ese centro
al que llaman Vida.
que anticipan mi derrota
oteo cada sombra
del desolado paisaje
que me nombra
y me derramo
Por la muralla de huesos
que divide tu espalda
me derramo
Por las secretas cavidades
de tu anatomía
me derramo
Por el atlas de tu cuerpo
como una gota fría
Y caigo
Justo en ese centro
al que llaman Vida.
CIUDAD INVISIBLE
Una mariposa de luz
se posa en mi mejilla
amanece en las cuatro esquinas
de mi burbuja angular
una dulce melodía
resopla en mi nuca
el aire se columpia
de tu boca a la mía
tus ojos me miran sin abrirse
los míos contemplan maravillados
nuestra ciudad invisible.
se posa en mi mejilla
amanece en las cuatro esquinas
de mi burbuja angular
una dulce melodía
resopla en mi nuca
el aire se columpia
de tu boca a la mía
tus ojos me miran sin abrirse
los míos contemplan maravillados
nuestra ciudad invisible.
HOY la boca quiere hablar
tiene hambre de sí misma
ganas de vomitar vida
miedo de ser una más
Se me olvida que te fuiste
soledad, a tomar viento fresco
se me antojan otros besos
otros labios que besar
que no son los del espejo
No se es viejo, sino astuto
no se es mudo, sino poeta
no se pierde una maleta
si se viaja desnudo.
tiene hambre de sí misma
ganas de vomitar vida
miedo de ser una más
Se me olvida que te fuiste
soledad, a tomar viento fresco
se me antojan otros besos
otros labios que besar
que no son los del espejo
No se es viejo, sino astuto
no se es mudo, sino poeta
no se pierde una maleta
si se viaja desnudo.
ESPIRAL
La noche se enrosca en mi cama
como la cola de un cerdo
yo me quedo aquí sentada
comiendo la cal blanca de las paredes
un sueño amurallado
que no distingue los peces
del pescado
Recuerdo el traje de luces
y las mentiras piadosas
esparadrapo en los pulmones
y escaleras de caracol
que suben como el humo
hasta lo alto del faro,
del farol
de tus ojos de almendra amarga
Te recuerdo bajo el techo
de mi alma
con abrigo y sin paraguas.
como la cola de un cerdo
yo me quedo aquí sentada
comiendo la cal blanca de las paredes
un sueño amurallado
que no distingue los peces
del pescado
Recuerdo el traje de luces
y las mentiras piadosas
esparadrapo en los pulmones
y escaleras de caracol
que suben como el humo
hasta lo alto del faro,
del farol
de tus ojos de almendra amarga
Te recuerdo bajo el techo
de mi alma
con abrigo y sin paraguas.
DADA
Dada no dice nada
Dada inventa cada historia
y recompone la vida
Frases cortas
Sueños largos
y qué mas
un ristra de ajos
un atajo de mentiras
un atasco de vacas en Irlanda
y me preguntas ¿volverás?
estás loca si te quedas
un grifo no se cierra con los dientes
nadie olvida respirar
Sabes bien lo que hay enfrente
un vaso medio lleno
y el grifo que gotea
la gota la gota crea
una diana de agua
y qué más da si se te olvida
la caja de pino y las flores
merecen la pena
por un poco de soledad mataría
todos vivís en mi cabeza
yo me absorbo a mi misma
y desaparezco Dada
sin decir nada.
Dada inventa cada historia
y recompone la vida
Frases cortas
Sueños largos
y qué mas
un ristra de ajos
un atajo de mentiras
un atasco de vacas en Irlanda
y me preguntas ¿volverás?
estás loca si te quedas
un grifo no se cierra con los dientes
nadie olvida respirar
Sabes bien lo que hay enfrente
un vaso medio lleno
y el grifo que gotea
la gota la gota crea
una diana de agua
y qué más da si se te olvida
la caja de pino y las flores
merecen la pena
por un poco de soledad mataría
todos vivís en mi cabeza
yo me absorbo a mi misma
y desaparezco Dada
sin decir nada.
PRESENTIMIENTO
Derramas el paraíso
inesperado de tu frente
arrojas el pelo inerte
y lo haces cascada
La piel se demora
la ola tras chocar
ha de volver la ola
como un atardecer
de golondrinas
una estampida
de tus uñas por mi espalda
la bebida de tus ojos
dulce y etílica
la Muerte como
ausencia presentida
en las mieles del encuentro
El espectro fugaz
de tu partida
en el espejo.
inesperado de tu frente
arrojas el pelo inerte
y lo haces cascada
La piel se demora
la ola tras chocar
ha de volver la ola
como un atardecer
de golondrinas
una estampida
de tus uñas por mi espalda
la bebida de tus ojos
dulce y etílica
la Muerte como
ausencia presentida
en las mieles del encuentro
El espectro fugaz
de tu partida
en el espejo.
SIN PAPEL
La mano muerta
y las perlas de la noche
en un joyero bajo llave
El pianista de mi vientre
como un Rajmaninov
con ataques de epilepsia
La prudencia aderezada
con la alquimia de un quizás
Solo quiero abrir la puerta
solo intento caminar
en las huellas de tus pies
Para abrir una maleta
hace falta llave inglesa
con acento Irlandés
Pero yo me quedo quieta
es el mundo quien se pone del revés
con la sangre en la cabeza
como fósforos en llamas
como noches que se olvidan
de volver a amanecer
Hay un muro en este cielo
hay un ciego que te ve
devorando el corazón
de esta loca que te escribe
con la boca
y sin papel.
y las perlas de la noche
en un joyero bajo llave
El pianista de mi vientre
como un Rajmaninov
con ataques de epilepsia
La prudencia aderezada
con la alquimia de un quizás
Solo quiero abrir la puerta
solo intento caminar
en las huellas de tus pies
Para abrir una maleta
hace falta llave inglesa
con acento Irlandés
Pero yo me quedo quieta
es el mundo quien se pone del revés
con la sangre en la cabeza
como fósforos en llamas
como noches que se olvidan
de volver a amanecer
Hay un muro en este cielo
hay un ciego que te ve
devorando el corazón
de esta loca que te escribe
con la boca
y sin papel.
martes, 13 de abril de 2010
jueves, 8 de abril de 2010
QU’EST-CE QUE JE FOUS DE MA VIE
- « Qu’est-ce que je fous de ma vie!!! Mais qu’est-ce que je fous de ma vie!!! »
La voix lui griffe la gorge, elle croit hurler pour la première fois avec les entrailles. Le son rebondit contre les murs en marbre du hall de la bibliothèque. Elle croit même entendre le écho du battement de son cœur - vraiment ?
Non, elle n’est même plus dans le hall, elle est sortie dans la rue. Ses jambes l’emmènent là où l’air semble plus respirable. Elle ne sait plus trop où elle est, les images vont plus vite que sa propre capacité pour recomposer l’image de soi-même.
Oui, elle se voit clairement à présent, appuyée contre une voiture rouge. Ses jambes se sont arrêtées. Elles tremblent, va-t-elle s’évanouir? Elle perçoit tout ce qui lui entoure comme s’il s’agissait d’un film, elle est hors de tout ça, les gens la regardent mais elle ne s’en aperçoit pas. Ça n’a aucun effet sur elle. Elle est tournée vers sa crise de panique, elle essaye de ressentir clairement tout ce que son corps manifeste. Son cœur bat toujours aussi vite. Elle a peur de défaillir mais elle renonce á sa première réaction de s’asseoir par terre. Personne ne la verrait entre les deux voitures. Comment ça ? Veut-elle vraiment qu’on la trouve ?
Elle essaye de recomposer les faits. Tout ce qui lui revient á la mémoire c’est la question qu’elle a gueulé à pleins poumons au milieu du hall. Était elle déjà sortie ? Il lui semble soudain que la première fois qu’elle a crié « qu’est que je fous de ma vie » elle était encore dans la salle de bibliothèque.
Ses notes lui reviennent en mémoire. Aucune phrase en concret, pas même un titre. Elle est incapable de se souvenir de quoi il s’agissait. Les mêmes feuilles chiffonnées et remplies d’annotations qu’elle a avalé pendant les six derniers mois. Le fait de l’avoir oublié la soulage. C’est comme si soudain elles n’avaient pas de raison d’être, comme si finalement elle n’allait pas se présenter au concours. Effacer tout cela de son horizon lui permet de se calmer. Il n’y a rien qu’un vide devant elle, c’est ce dont elle a besoin maintenant.
- « ¿Ça va ? »
C’est la deuxième fois qu’elle l’entend, mais ce n’est qu’à présent qu’elle réagit. Elle lève la tête, voit des sandales en cuir et un pantalon vert. Des grands pieds. Finalement, elle était assise par terre !
Le jeune homme s’accroupit devant elle. Elle prend son temps pour l’examiner, il attend une réponse mais il semble que le temps réel s’écoule moins vite en réalité. Tout se passe au ralenti.
- « Oui, ne t’inquiète pas. J’avais besoin d’air ».
Il a les traits anguleux, une mâchoire marquée et des lunettes rondes. Les yeux verts. Elle avait souvent imaginé cette situation. Elle pleurerait dans un wagon de métro, ou dans un couloir étroit á la fac, peut-être á cause de la mort d’un proche ou pour une dispute d’amour. Un beau jeune homme viendrait s’intéresser pour elle. Ils parleraient longuement, ils finiraient par s’embrasser tendrement.
- « Veux-tu que j’appelle quelqu’un ? »
Elle le regarde á nouveau. Elle a perdu tout intérêt pour lui. Il lui semble soudain trop vulgaire, d’une beauté trop familière pour forcer le rapprochement. Non, après tout elle n’avait pas envie qu’on la trouve.
- « Non, j’irai récupérer mes affaires et je prends un bus. Ce n’est qu’une crise de nerfs. Je vais mieux, merci. »
En fin de compte, il ne semble pas non plus très concerné. Il l’aide à se lever mais ne l’accompagne pas á l’intérieur. Le garçon de ses fantaisies aurait insisté et l’aurait accompagnée jusqu’à l’arrêt du bus. Mais aujourd’hui en réalité, dans ce cas là, elle l’aurait envoyé faire foutre. Elle n’a vraiment pas besoin de parler. Elle veut juste disparaître.
Quand elle traverse le seuil de la porte, un sentiment de honte l’envahit soudain. Elle sent tous les regards tournés vers elle. Oui, c’est là dedans qu’elle a crié pour la première fois. Elle a même tiré de ses cheveux, elle s’en souvient bien á présent. Quel geste grotesque ! Quelle réaction désespérée !! On a vraiment dû la prendre pour une cinglée. Mais qu’est-ce qui lui a pris ?
Elle ramasse ses feuilles et ses stylos, n’ose surtout pas lever le regard vers la fille d’en face, qui semble guetter le contact visuel pour lui demander si ça va. Elle met son sac á dos sur une seule épaule d’un geste vif et pressé et s’apprête á sortir pour la deuxième fois de la salle.
Mais qu’est-ce qui lui a pris donc? Elle se retourne et lance un regard là où elle était assise. Les systèmes d’aération, en lettres bleues, le titre repassé au feutre vert. Le froid au dos, toute sa vie comme un poids insoutenable qui s’abat sur elle, la proie faible et insouciante qui s’est montrée dans la clairière, toute petite comme une souris. Elle a senti les griffes, la lourdeur étouffante sus ses épaules, sa vie comme une menace de médiocrité et de langueur. Elle s’est accrochée à sa chevelure et elle a crié.
La voix lui griffe la gorge, elle croit hurler pour la première fois avec les entrailles. Le son rebondit contre les murs en marbre du hall de la bibliothèque. Elle croit même entendre le écho du battement de son cœur - vraiment ?
Non, elle n’est même plus dans le hall, elle est sortie dans la rue. Ses jambes l’emmènent là où l’air semble plus respirable. Elle ne sait plus trop où elle est, les images vont plus vite que sa propre capacité pour recomposer l’image de soi-même.
Oui, elle se voit clairement à présent, appuyée contre une voiture rouge. Ses jambes se sont arrêtées. Elles tremblent, va-t-elle s’évanouir? Elle perçoit tout ce qui lui entoure comme s’il s’agissait d’un film, elle est hors de tout ça, les gens la regardent mais elle ne s’en aperçoit pas. Ça n’a aucun effet sur elle. Elle est tournée vers sa crise de panique, elle essaye de ressentir clairement tout ce que son corps manifeste. Son cœur bat toujours aussi vite. Elle a peur de défaillir mais elle renonce á sa première réaction de s’asseoir par terre. Personne ne la verrait entre les deux voitures. Comment ça ? Veut-elle vraiment qu’on la trouve ?
Elle essaye de recomposer les faits. Tout ce qui lui revient á la mémoire c’est la question qu’elle a gueulé à pleins poumons au milieu du hall. Était elle déjà sortie ? Il lui semble soudain que la première fois qu’elle a crié « qu’est que je fous de ma vie » elle était encore dans la salle de bibliothèque.
Ses notes lui reviennent en mémoire. Aucune phrase en concret, pas même un titre. Elle est incapable de se souvenir de quoi il s’agissait. Les mêmes feuilles chiffonnées et remplies d’annotations qu’elle a avalé pendant les six derniers mois. Le fait de l’avoir oublié la soulage. C’est comme si soudain elles n’avaient pas de raison d’être, comme si finalement elle n’allait pas se présenter au concours. Effacer tout cela de son horizon lui permet de se calmer. Il n’y a rien qu’un vide devant elle, c’est ce dont elle a besoin maintenant.
- « ¿Ça va ? »
C’est la deuxième fois qu’elle l’entend, mais ce n’est qu’à présent qu’elle réagit. Elle lève la tête, voit des sandales en cuir et un pantalon vert. Des grands pieds. Finalement, elle était assise par terre !
Le jeune homme s’accroupit devant elle. Elle prend son temps pour l’examiner, il attend une réponse mais il semble que le temps réel s’écoule moins vite en réalité. Tout se passe au ralenti.
- « Oui, ne t’inquiète pas. J’avais besoin d’air ».
Il a les traits anguleux, une mâchoire marquée et des lunettes rondes. Les yeux verts. Elle avait souvent imaginé cette situation. Elle pleurerait dans un wagon de métro, ou dans un couloir étroit á la fac, peut-être á cause de la mort d’un proche ou pour une dispute d’amour. Un beau jeune homme viendrait s’intéresser pour elle. Ils parleraient longuement, ils finiraient par s’embrasser tendrement.
- « Veux-tu que j’appelle quelqu’un ? »
Elle le regarde á nouveau. Elle a perdu tout intérêt pour lui. Il lui semble soudain trop vulgaire, d’une beauté trop familière pour forcer le rapprochement. Non, après tout elle n’avait pas envie qu’on la trouve.
- « Non, j’irai récupérer mes affaires et je prends un bus. Ce n’est qu’une crise de nerfs. Je vais mieux, merci. »
En fin de compte, il ne semble pas non plus très concerné. Il l’aide à se lever mais ne l’accompagne pas á l’intérieur. Le garçon de ses fantaisies aurait insisté et l’aurait accompagnée jusqu’à l’arrêt du bus. Mais aujourd’hui en réalité, dans ce cas là, elle l’aurait envoyé faire foutre. Elle n’a vraiment pas besoin de parler. Elle veut juste disparaître.
Quand elle traverse le seuil de la porte, un sentiment de honte l’envahit soudain. Elle sent tous les regards tournés vers elle. Oui, c’est là dedans qu’elle a crié pour la première fois. Elle a même tiré de ses cheveux, elle s’en souvient bien á présent. Quel geste grotesque ! Quelle réaction désespérée !! On a vraiment dû la prendre pour une cinglée. Mais qu’est-ce qui lui a pris ?
Elle ramasse ses feuilles et ses stylos, n’ose surtout pas lever le regard vers la fille d’en face, qui semble guetter le contact visuel pour lui demander si ça va. Elle met son sac á dos sur une seule épaule d’un geste vif et pressé et s’apprête á sortir pour la deuxième fois de la salle.
Mais qu’est-ce qui lui a pris donc? Elle se retourne et lance un regard là où elle était assise. Les systèmes d’aération, en lettres bleues, le titre repassé au feutre vert. Le froid au dos, toute sa vie comme un poids insoutenable qui s’abat sur elle, la proie faible et insouciante qui s’est montrée dans la clairière, toute petite comme une souris. Elle a senti les griffes, la lourdeur étouffante sus ses épaules, sa vie comme une menace de médiocrité et de langueur. Elle s’est accrochée à sa chevelure et elle a crié.
martes, 23 de marzo de 2010
La 547
Era la 547. No tenía nombre, ni siquiera rostro. Tansolo un número de celda. Aquel soldado enclenque jugueteaba tontamente con el enorme llavero como si fuese un sonajero. Tantas llaves para tantas puertas que jamás volverían a abrirse. Qué tontería, pensó Roberto. Si por él fuese, las tiraría todas al río, y así ese estúpido soldado dejaría de hacer aquel ruido tan molesto. Hace tiempo le oyó decir a un uruguayo que allá en Montevideo llamaban "llave" al amigo, porque entendían que donde uno tiene un amigo tiene una casa. Tener amigos era como tener abiertas las puertas del mundo. Pero en ese oscuro túnel todo eran puertas cerradas, celdas muertas con gente muerta en su interior. Murieron todos al estallar la guerra. Roberto no. Él llevaba muerto varios años cuando los militares asaltaron el parlamento. Se había vuelto un hombre tan oscuro, que a veces resultaba difícil distinguirle de su propia sombra. Tampoco él tenía nombre, ni siquiera rostro. Él era un uniforme con galones en el pecho.
Se adentraron en un lúgubre pasillo, apenas iluminado por una tímida bombilla, también ella parecía expirar su último aliento de luz.
"Es aquí, mi Coronel. No creo que hable, desde que la encerraron no ha comido apenas nada. Ni falta que hace. Solo es una rata más de esa panda de malditos rojos".
El codo en su boca, de golpe. Cómo le hubiera gustado callar a ese lameculos enquistado en un uniforme demasiado grande. Hablaba demasiado, sin saber siquiera lo que decía. La gratuidad de su comentario era casi tan irritante como el ruido de aquel llavero arañando la cerradura.
"Es toda suya", sentenció.
Una ola de oscuridad le azotó la cara. Acto seguido, el calabozo escupió su peor aliento a heces y humedad. El hedor hacía el aire prácticamente irrespirable. Roberto se preguntaba una y otra vez por qué demonios le habían encargado a él el trabajo sucio. Esa era tarea de otros. Aunque lo cierto era que ahora esos otros estaban ocupados con un trabajo aún más sucio que el suyo, sucio de sangre, miedo y lodo en los abismos atrincherados de la tierra. Solo deseaba que el encuentro terminase cuanto antes. La chica tenía que hablar, fuera como fuese. No importaban los medios para conseguirlo. De hecho, nunca antes habían importado, sus botas bien pulidas y sus nudillos aserrados tenían la experiencia del verdugo más longevo.
Cuando sus pupilas se acomodaron a la falta de luz, distinguió una pálida sombra tendida a escasos centímetros de sus pies. Parecía un fantasma inanimado, un ovillo de mujer que bien podría reposar en el cuenco de sus manos. Un vestido que debió ser blanco, ahora maculado de sangre y suciedad, arropaba sus huesos de bambú como si de una mortaja se tratase.
No era el primer fantasma que veía. A lo largo de su muerte, muchos se habían cruzado por su camino, y otros muchos habían sucumbido al horror de la tortura. Hacía ya tiempo que había cambiado los puños por la pluma para sentenciar muertes, pero las prácticas de sangre y fuego son algo que uno aprende y no olvida jamás. En cierto modo, le resultaba entre extraño y sobrecogedor recordar el ruido seco de los huesos al partirse bajo la suela de sus botas.
Aún con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón, propinó un puntapié al cuerpo semi-muerto de la chica. Por un momento creyó que se iba a resquebrajar como la cáscara de un huevo. Pero no se dejó amedrentar por su aparente fragilidad. Era de dominio público que aquella mosquita muerta y su novio republicano habían agitado a las masas con su verborrea revolucionaria, levantando a la plebe, a miserables e ignorantes, en contra del poder militar. Ahora ella era solo otra pieza de carnaza en manos del ejército, un pozo de valiosa información que tardaría en ser descorchada.
"¿Quiere un cigarrillo, mi Coronel?", le preguntó el soldado, tendiéndole una cajetilla a través del umbral de la puerta.
"Esto va para largo", añadió.
Roberto sacó la caja de cerillas de su bolsillo y se agachó hacia el cuerpo inerte de la chica, de tal modo que pudiese aprovechar la luz del fósforo para verle la cara y encender al tiempo el cigarrillo.
El fósforo prendió. El rostro de ella también. Prendió en el agujero negro de su memoria, en el oscuro hueco que quedó vacío cuando ella se marchó de su vida y le vino a visitar la muerte, la misma muerte que le vino acompañando todos estos años hasta encender la mecha de sus recuerdos. Era ella, como un ángel en la noche, la misma niña a la que robó la inocencia, la que le robó el alma y con ella se marchó.
La llama de la cerilla le quemó los dedos. Maldijo al mundo y sus fronteras. Maldijo a las heridas del corazón por haberles separado, maldijo al tiempo por matarle de olvido, y a su alma por quedarse con ella, con la niña de sus ojos, con el ángel que le dio la muerte, que ahora él le devolvería.
Se adentraron en un lúgubre pasillo, apenas iluminado por una tímida bombilla, también ella parecía expirar su último aliento de luz.
"Es aquí, mi Coronel. No creo que hable, desde que la encerraron no ha comido apenas nada. Ni falta que hace. Solo es una rata más de esa panda de malditos rojos".
El codo en su boca, de golpe. Cómo le hubiera gustado callar a ese lameculos enquistado en un uniforme demasiado grande. Hablaba demasiado, sin saber siquiera lo que decía. La gratuidad de su comentario era casi tan irritante como el ruido de aquel llavero arañando la cerradura.
"Es toda suya", sentenció.
Una ola de oscuridad le azotó la cara. Acto seguido, el calabozo escupió su peor aliento a heces y humedad. El hedor hacía el aire prácticamente irrespirable. Roberto se preguntaba una y otra vez por qué demonios le habían encargado a él el trabajo sucio. Esa era tarea de otros. Aunque lo cierto era que ahora esos otros estaban ocupados con un trabajo aún más sucio que el suyo, sucio de sangre, miedo y lodo en los abismos atrincherados de la tierra. Solo deseaba que el encuentro terminase cuanto antes. La chica tenía que hablar, fuera como fuese. No importaban los medios para conseguirlo. De hecho, nunca antes habían importado, sus botas bien pulidas y sus nudillos aserrados tenían la experiencia del verdugo más longevo.
Cuando sus pupilas se acomodaron a la falta de luz, distinguió una pálida sombra tendida a escasos centímetros de sus pies. Parecía un fantasma inanimado, un ovillo de mujer que bien podría reposar en el cuenco de sus manos. Un vestido que debió ser blanco, ahora maculado de sangre y suciedad, arropaba sus huesos de bambú como si de una mortaja se tratase.
No era el primer fantasma que veía. A lo largo de su muerte, muchos se habían cruzado por su camino, y otros muchos habían sucumbido al horror de la tortura. Hacía ya tiempo que había cambiado los puños por la pluma para sentenciar muertes, pero las prácticas de sangre y fuego son algo que uno aprende y no olvida jamás. En cierto modo, le resultaba entre extraño y sobrecogedor recordar el ruido seco de los huesos al partirse bajo la suela de sus botas.
Aún con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón, propinó un puntapié al cuerpo semi-muerto de la chica. Por un momento creyó que se iba a resquebrajar como la cáscara de un huevo. Pero no se dejó amedrentar por su aparente fragilidad. Era de dominio público que aquella mosquita muerta y su novio republicano habían agitado a las masas con su verborrea revolucionaria, levantando a la plebe, a miserables e ignorantes, en contra del poder militar. Ahora ella era solo otra pieza de carnaza en manos del ejército, un pozo de valiosa información que tardaría en ser descorchada.
"¿Quiere un cigarrillo, mi Coronel?", le preguntó el soldado, tendiéndole una cajetilla a través del umbral de la puerta.
"Esto va para largo", añadió.
Roberto sacó la caja de cerillas de su bolsillo y se agachó hacia el cuerpo inerte de la chica, de tal modo que pudiese aprovechar la luz del fósforo para verle la cara y encender al tiempo el cigarrillo.
El fósforo prendió. El rostro de ella también. Prendió en el agujero negro de su memoria, en el oscuro hueco que quedó vacío cuando ella se marchó de su vida y le vino a visitar la muerte, la misma muerte que le vino acompañando todos estos años hasta encender la mecha de sus recuerdos. Era ella, como un ángel en la noche, la misma niña a la que robó la inocencia, la que le robó el alma y con ella se marchó.
La llama de la cerilla le quemó los dedos. Maldijo al mundo y sus fronteras. Maldijo a las heridas del corazón por haberles separado, maldijo al tiempo por matarle de olvido, y a su alma por quedarse con ella, con la niña de sus ojos, con el ángel que le dio la muerte, que ahora él le devolvería.
jueves, 18 de febrero de 2010
Un simple mortal
- Por cierto, ¿hoy es domingo?
Pregunta con hastío, mirando al infinito.
- No, lunes. ¿Acaso importa?
- Voy a dejarlo, Pedro. Esto va de mal en peor, ya no sé cómo enderezarlo.
- No digas eso, hombre. Algo podrás hacer ¿y si empezamos de nuevo?
- No, no. El diluvio fue un gran exceso, pensaba en algo más modesto.
- ¿Qué vas a hacer?
- Me marcho. Ni siquiera les diré que lo dejo. Bajaré ahí y me mezclaré entre ellos. Seré solo un simple mortal.
- ¿Y cómo te vas a llamar?
- ¿qué te parece Diego Armando?
Pregunta con hastío, mirando al infinito.
- No, lunes. ¿Acaso importa?
- Voy a dejarlo, Pedro. Esto va de mal en peor, ya no sé cómo enderezarlo.
- No digas eso, hombre. Algo podrás hacer ¿y si empezamos de nuevo?
- No, no. El diluvio fue un gran exceso, pensaba en algo más modesto.
- ¿Qué vas a hacer?
- Me marcho. Ni siquiera les diré que lo dejo. Bajaré ahí y me mezclaré entre ellos. Seré solo un simple mortal.
- ¿Y cómo te vas a llamar?
- ¿qué te parece Diego Armando?
martes, 16 de febrero de 2010
Finistère
Elle regarde l’heure. Elle ne veut surtout pas être en retard. Les fleurs qu’il y a sur la table de la cuisine ont fanné, l’odeur rance commence déjà à monter au nez. Elle se dit qu’elle les jettera plus tard, elle veut profiter des deux petites minutes qui lui restent pour se regarder dans la glace. Elle s’arrête sur tous ces petits détails qui la feront plus belle face aux autres. Les boucles d’oreille à motifs Incas, qui lui donnent un air exotique, projettent l’image d’une femme qui a voyagé loin de son village. Elle a su couper les liens, elle a su se déraciner. Elle se voit à présent comme une aventurière de retour dans son terroir, une Ulysse féminine qui rentre á Ithaque, tryomphante.
Elle a choisi sa chemise á rayures vertes, noires et dorées de Verino, sûrement la plus moderne et la plus osée de toutes celles qu’elle a emmené dans sa valise. Rien n’est laissé au hasard, déjà à Rome elle avait prévu de la mettre le premier jour, la première impression étant pour elle la plus importante. Elle voulait par dessus tout être épatante pour cette soirée.
Elle trouve qu’elle a réussi son coup avec le maquillage: il faut être naturelle, surtout pas paraître qu’on veut cacher ces petites imperfections qui nous gâchent avec l’âge. Elle se regarde de plus près. Elle a quand-même quelques rides autour des yeux, et elle trouve soudain que l’une de ses paupières est plus tombante par rapport à l’autre. Elle cherche devant le miroir l’expression de son visage qui dissimulerait le mieux ces quelques rides qui la gênent.
C’est l’impression d’un moment, mais pour quelques segondes elle se sent vieille. Se repentirait-elle si finalement elle n’assistait pas au repas? Tout le monde se demanderait pourquoi, sa soeur aînée penserait sûrement qu’elle n’allait pas à la fête de ses cinquante ans de mariage comme une façon de venger le fait qu’elle ne soit pas allée à Rome vingt-six ans plus tôt, pour son mariage avec Gianni.
Elle regarde l’heure à nouveau. Elle repasse vite fait du rouge á lèvres sur sa bouche et profite pour en mettre un peu sur ses joues, ensuite elle l’étale avec les doigts. Elle trouve que ça la rajeunit d’avantage.
Elle prend les clés de la maison, elle les trouve trop lourdes et encombrantes. Les clés en aluminium de son appartement à Rome sont bien plus pratiques et elles entrent plus facilement dans la pochette intérieure de son sac. Elle regarde les fleurs une dernière fois et respire leur odeur, elle se demande d’ailleurs pourquoi, car elle n’a jamais aimé l’odeur des choses vieilles et abimées par le temps. Elle aime tout ce qui est frais et neuf, comme le parfum á l’essence de muguet qu’elle a choisi pour cette occasion.
Et pourtant, depuis qu’elle est entrée dans la maison, elle n’arrête pas d’ouvrir les narines pour sentir l’odeur moisie des vieux meubles en bois, ou l’air humide et poussiéreux de la cave, qu’elle redoutait tellement pendant son enfance à cause de la grande chaudière qui rugissait au fond, dans le coin sombre. Elle aime à present le parfum écoeurant et légèrement épicé de la cuisine, oú elle prenait son goûter de quatre heures en rentrant du collège. Elle se demande si elle n’aurait pas été plus mince maintenant à ses cinquante quatre ans si elle n’avait pas mangé tant de gallettes au beurre. De toutes façons, elle a choisi le pantalon qui dissimule le mieux son ventre. Avant, elle avait le ventre plat, mais après la naissance de son fils elle a gagné du poids et n’a pas pu remettre toutes ces belles robes collées à la ceinture avec lesquelles elle avait un succès fou parmi les jeunes italiens.
Elle se demande si elle ne connaîtra pas un breton intéressant à la fête de sa soeur. Elle trouve assez probable qu’elle puisse plaire á quelqu’un, elle a toujours su jouer le rôle de séductrice, mais par contre elle trouve difficile de rencontrer quelqu’un qui lui plaise à elle. Tout semblait si facile avant, avec Gianni elle était tout de suite tombée amoureuse et ils se sont mariés aussitôt. Malgré son amour pour lui, elle n’a jamais cessé de séduire, elle en avait besoin pour se sentir belle et désirée par d’autres hommes. Elle a d’ailleurs toujours pensé qu’un jour ou l’autre elle serait devenue infidèle. Elle s’étonne à présent en pensant qu’elle n’a jamais fréquenté d’autres hommes avant le jour oú elle s’est divorcée de Gianni. Maintenant qu’elle est seule, elle a de moins en moins envie d’entamer una relation sérieuse avec qui que ce soit. Elle se sentirait mal à l’aise à tout les coups. Les choses à présent ne sont plus comme quand elle était jeune et tout était frais et neuf. Elle aurait honte de son corps nu, des silences qui révèlent qu’on n’a rien d’intéressant à se dire, d’exprimer sa sexualité ouvertement devant quelqu’un d’inconnu, d’avouer en fin de comptes qu’un lourd sentiment de paresse l’envahit quand elle songe à tout cela. Non, décidément elle est mieux toute seule, bien qu’elle imagine toujours sa mort lorsqu’elle parvient à cette conclusion, et qu’un frisson lui parcourt le dos en voyant son corps allongé sur le lit, déjà froid et terriblement pale, sans que personne s’interroge sur son absence que jusqu’au moment óu l’odeur fétide du cadavre en décomposition commence á se filtrer sous les portes.
Elle fait demi tour juste avant de franchir la clôture du jardin. Elle rouvre la porte de la véranda et se dirige à la cuisine. Elle retire les fleurs fannées du vase et les transporte, dégoulinantes, jusqu’à la poubelle.
Elle a choisi sa chemise á rayures vertes, noires et dorées de Verino, sûrement la plus moderne et la plus osée de toutes celles qu’elle a emmené dans sa valise. Rien n’est laissé au hasard, déjà à Rome elle avait prévu de la mettre le premier jour, la première impression étant pour elle la plus importante. Elle voulait par dessus tout être épatante pour cette soirée.
Elle trouve qu’elle a réussi son coup avec le maquillage: il faut être naturelle, surtout pas paraître qu’on veut cacher ces petites imperfections qui nous gâchent avec l’âge. Elle se regarde de plus près. Elle a quand-même quelques rides autour des yeux, et elle trouve soudain que l’une de ses paupières est plus tombante par rapport à l’autre. Elle cherche devant le miroir l’expression de son visage qui dissimulerait le mieux ces quelques rides qui la gênent.
C’est l’impression d’un moment, mais pour quelques segondes elle se sent vieille. Se repentirait-elle si finalement elle n’assistait pas au repas? Tout le monde se demanderait pourquoi, sa soeur aînée penserait sûrement qu’elle n’allait pas à la fête de ses cinquante ans de mariage comme une façon de venger le fait qu’elle ne soit pas allée à Rome vingt-six ans plus tôt, pour son mariage avec Gianni.
Elle regarde l’heure à nouveau. Elle repasse vite fait du rouge á lèvres sur sa bouche et profite pour en mettre un peu sur ses joues, ensuite elle l’étale avec les doigts. Elle trouve que ça la rajeunit d’avantage.
Elle prend les clés de la maison, elle les trouve trop lourdes et encombrantes. Les clés en aluminium de son appartement à Rome sont bien plus pratiques et elles entrent plus facilement dans la pochette intérieure de son sac. Elle regarde les fleurs une dernière fois et respire leur odeur, elle se demande d’ailleurs pourquoi, car elle n’a jamais aimé l’odeur des choses vieilles et abimées par le temps. Elle aime tout ce qui est frais et neuf, comme le parfum á l’essence de muguet qu’elle a choisi pour cette occasion.
Et pourtant, depuis qu’elle est entrée dans la maison, elle n’arrête pas d’ouvrir les narines pour sentir l’odeur moisie des vieux meubles en bois, ou l’air humide et poussiéreux de la cave, qu’elle redoutait tellement pendant son enfance à cause de la grande chaudière qui rugissait au fond, dans le coin sombre. Elle aime à present le parfum écoeurant et légèrement épicé de la cuisine, oú elle prenait son goûter de quatre heures en rentrant du collège. Elle se demande si elle n’aurait pas été plus mince maintenant à ses cinquante quatre ans si elle n’avait pas mangé tant de gallettes au beurre. De toutes façons, elle a choisi le pantalon qui dissimule le mieux son ventre. Avant, elle avait le ventre plat, mais après la naissance de son fils elle a gagné du poids et n’a pas pu remettre toutes ces belles robes collées à la ceinture avec lesquelles elle avait un succès fou parmi les jeunes italiens.
Elle se demande si elle ne connaîtra pas un breton intéressant à la fête de sa soeur. Elle trouve assez probable qu’elle puisse plaire á quelqu’un, elle a toujours su jouer le rôle de séductrice, mais par contre elle trouve difficile de rencontrer quelqu’un qui lui plaise à elle. Tout semblait si facile avant, avec Gianni elle était tout de suite tombée amoureuse et ils se sont mariés aussitôt. Malgré son amour pour lui, elle n’a jamais cessé de séduire, elle en avait besoin pour se sentir belle et désirée par d’autres hommes. Elle a d’ailleurs toujours pensé qu’un jour ou l’autre elle serait devenue infidèle. Elle s’étonne à présent en pensant qu’elle n’a jamais fréquenté d’autres hommes avant le jour oú elle s’est divorcée de Gianni. Maintenant qu’elle est seule, elle a de moins en moins envie d’entamer una relation sérieuse avec qui que ce soit. Elle se sentirait mal à l’aise à tout les coups. Les choses à présent ne sont plus comme quand elle était jeune et tout était frais et neuf. Elle aurait honte de son corps nu, des silences qui révèlent qu’on n’a rien d’intéressant à se dire, d’exprimer sa sexualité ouvertement devant quelqu’un d’inconnu, d’avouer en fin de comptes qu’un lourd sentiment de paresse l’envahit quand elle songe à tout cela. Non, décidément elle est mieux toute seule, bien qu’elle imagine toujours sa mort lorsqu’elle parvient à cette conclusion, et qu’un frisson lui parcourt le dos en voyant son corps allongé sur le lit, déjà froid et terriblement pale, sans que personne s’interroge sur son absence que jusqu’au moment óu l’odeur fétide du cadavre en décomposition commence á se filtrer sous les portes.
Elle fait demi tour juste avant de franchir la clôture du jardin. Elle rouvre la porte de la véranda et se dirige à la cuisine. Elle retire les fleurs fannées du vase et les transporte, dégoulinantes, jusqu’à la poubelle.
A oscuras
“- Oiga, ¿le importaría ir un poco más despacio?”
No le dio tiempo a acabar la frase cuando el taxista frenó en seco y dio un volantazo hacia la izquierda. Su pómulo derecho se aplastó violentamente contra la ventanilla, al tiempo que oía un tremendo aullido de dolor y el ruido del asfalto arañando los neumáticos. El peatón se tenía en pie, totalmente inmóvil, con los hombros encogidos y agarrándose con fuerza al pesado abrigo marrón que apretaba contra su pecho, como queriendo usarlo de escudo, y con una expresión de indefensión en el rostro como si aún estuviera esperando a que el coche le arrollara. Desde el asiento trasero del taxi, Sonia observaba la escena a través de la ventanilla, sujetando con su mano la mejilla dolorida, con esa sensación de extrañeza que uno tiene cuando ocurre algo que se sale de la línea de acontecimientos previsibles en su vida cotidiana. Ella estaba al margen de todo ello, ella no acababa de atropellar a nadie, solo era una observadora externa presenciando el proceso por el cual una mujer llamada Sonia empezaba a vivir una vida que no era la suya.
El taxista salió del coche y desapareció tras el capó, al igual que el hombre del abrigo marrón, quien se agachó para atender a lo que parecía ser la verdadera víctima del atropello. Sin embargo, pensó Sonia, nadie más estaba cruzando la calle en ese momento, sólo aquel hombre menudo abrazado a su abrigo. Pensó en salir del coche para ver con claridad lo que había ocurrido, pero en realidad no buscaba respuestas, sólo buscaba la forma de dar marcha atrás en el tiempo y tomar la decisión al salir de la clínica de ir andando a casa en lugar de pedir un taxi, a pesar de los dolores que ya empezaba a intuir según se iban neutralizando los efectos de la anestesia.
Era un día soleado, de esos en los que a una le apetece caminar a un ritmo razonablemente lento, por irrazonable que sea en una gran ciudad caminar si prisas. Pero andar habría supuesto para ella la oportunidad de detenerse un segundo y reflexionar sobre algo más que no fueran los balances de cuentas del pasado mes de Marzo, habría supuesto quizás centrar su pensamiento en el vacío de su útero, en el sonido de la máquina que le aspiró ese pequeño soplo de vida inoportuno, en el modo en que sacaría el tema esta noche durante la cena después del pásame la sal. Sabía que a él le parecería la mejor opción, y sin embargo no le consultó la decisión. Soy una mujer libre e independiente, se decía, y sin embargo no acababa de convencerse a sí misma. No era el miedo a que a él le pareciese mal, sino más bien el miedo a esa indiferencia con la que ella misma quiso llevar todo el asunto, el miedo a que él se tomara esa última oportunidad de ser madre como un detalle sin importancia, un obstáculo que uno sortea sin la más mínima dificultad, como quien le da una patada a una piedra con las manos en los bolsillos.
- “¿Que si está usted bien, señora?”
Ni siquiera le había oído la primera vez que el taxista se lo preguntó, asomando la cabeza por la ventanilla del coche con el teléfono móvil en la mano. Estaba demasiado preocupada en responderse a sí misma a la pregunta ¿y si ni siquiera le comento nada del aborto?
- “Sí, sí, no se preocupe. Sólo un pequeño golpe en la cara. Estoy bien”.
Se puso a buscar el monedero en el bolso para pagar al taxista y seguir su camino a pie, parece que después de todo sí que necesitaba pensar en algo más que en los balances. Miró el taxímetro, que seguía corriendo, e hizo una estimación a la alza de lo que le podría haber cobrado el taxista de haberlo parado en el preciso instante en que atropelló a quien fuera que estaba aún tendido en el suelo, a escasos centímetros de la rueda del coche. Abrió la puerta del SEAT Toledo y se dispuso a salir del taxi, esperando que en ese momento no le fallaran las piernas, que llevaban temblándole ya desde antes del accidente, desde antes de entrar a la clínica, quizás desde el preciso momento en que se dio cuenta de que se había quedado embarazada por error. Los cimientos de su decisión temblaban y con ellos toda su vida, que tomaba un rumbo que parecía no ser el correcto. No lo parecía porque esa sensación de extrañeza ya la tenía desde antes, como quien coge un camino en un cruce espiando por el rabillo del ojo lo que deja atrás, y preguntándose si no habría sido mejor desviarse por el otro, por aquel que en ese momento parecía el más descabellado y sin embargo seguía pareciendo a todas luces el más adecuado.
- “No, mujer, no me pague usted ahora. Tiene que esperar a que lleguen los municipales, que a lo mejor tiene que dar parte usted de lo que ha ocurrido. Yo al hombre le vi, ¿sabe? pero al perro… me lo he llevado por delante, pobre animal. Si es que así no se puede, a esta gente tiene alguien que ayudarle a cruzar, que con un perro uno no se apaña, luego pasa lo que pasa, que me lo llevo por delante. Porque el semáforo estaba a punto de ponerse rojo, ¿sabe usted? Pero el perro nada, a cruzar la calle, y el ciego detrás, a ver, se tendrá que fiar del animal ¿no? Pero es que así no se puede, luego pasa lo que pasa…”
A ella todo el discurso del taxista le pareció surrealista, mientras él gesticulaba y levantaba los hombros como sacudiéndose la culpa por el accidente, ella observaba al hombre del abrigo marrón, agachado junto a su perro, acariciándole la cabeza con las manos manchadas de sangre. Tenía la expresión serena, y sin embargo daba la sensación de estar totalmente desubicado. En ese instante no parecía haber en el mundo alguien más perdido que él, y a ella le entró un profundo sentimiento de compasión, tanto que empezó a preguntarse si esa sensación de desamparo la provocaba la escena que estaba contemplando o se trataba más bien de una proyección, un sentimiento que nacía de ella, y era tan suyo como el vacío de su vientre. Ella se dirigió a él para preguntarle cómo se encontraba. Él, sin levantar la cabeza, le respondió:
- “Me he quedado a oscuras”.
A Sonia se le echó encima la realidad con la misma violencia con la que la ventanilla del taxi le abofeteó la cara. Ya no era una observadora externa, no podía observar nada porque también ella estaba a oscuras. ¿Desde cuando había empezado a tomar decisiones equivocadas? ¿Cuánto tiempo llevaba avanzando por el camino inadecuado? Era la primera vez que su voluntad se hacía oír de una forma tan rotunda, y era demasiado tarde. Sonia se alejó del coche y se sentó en el borde de la acera. Se llevó la mano a la tripa y echó a llorar.
El cruasán manco
Al cruasán le falta un brazo. Huele a café. Huele a café liquidado de un sorbo. Me huele a prisa. Lo has dejado todo sin recoger. Lo prefiero, en realidad es como si no hubieras hecho más que empezar. Es como si me estuvieras esperando apoyada en la encimera de la cocina. Siéntate cariño, ¿quieres café? Y entonces yo te digo que sí después de morderle el otro brazo al cruasán.
Casi siempre te levantas antes que yo. En realidad yo suelo llevar ya un rato despierto pero finjo estar dormido para espiarte por la rendija de mis párpados. Soy de esos pocos afortunados que pueden observar desde la cama cómo te peleas con ese aprendiz de flequillo que no alcanzas a amarrar detrás de las orejas, mientras te vuelves a cargar las manos con el reloj, las pulseras, la alianza de oro y los anillos de plata.
Lo cierto es que esta mañana me he perdido el ritual, ni siquiera he sentido cómo se ha ido enfriando tu lado de la cama. Esta mañana toca estela. La estela de una perla de sudor travestida de perfume. El eco de tus tacones martilleando el parqué. La huella de carmín en la taza. El temblor, creo, de tu voz al teléfono “ahora mismo voy para allá”. El frío invernal de los desayunos impares.
Y esa cara. Esa cara de pardillo que se te queda cuando alguien te saluda entre la multitud y tú le correspondes, hasta que te das cuenta de que no es a ti. ¿Por qué me siento así? Aún así me arreglo el pelo, me quito las legañas de los ojos y me sirvo el café. Después de todo, por qué no imaginar que no te has ido, tal vez sea cierta esa sensación de que tus ojos me observan tras la puerta de la cocina.
Trato de hacer como al principio, ¿cómo era antes? Contar hasta cien y romper el abrazo con la excusa de que llego tarde a una reunión. Callarte los morros con un beso a destiempo cada vez que presiento un te quiero. Llamadas justo cuando sé que no me puedes coger el móvil para dejar el mensaje.
“Hay café hecho”, anunciaste antes de irte. Ahora solo pienso en que te has marchado sin despedirte. Sin un abrazo, sin un te quiero, sin un mísero post-it de ahora vuelvo. Solo has dejado un cruasán manco en un lecho de migas hojaldradas. Trato de no escuchar el silencio, de no percatarme de mi soledad. La cuchara protesta en su jaula de porcelana, el periódico de ayer despereza sus hojas, la mesa gime bajo la presión de mis codos. Y yo parezco un pobre director de orquesta cardando el silencio de tu ausencia.
Se hace tarde y tengo que ir a trabajar. Mi casa se queda casi tan desordenada como mi corazón. Tu voz resuena en mi cabeza con la resaca de quien intenta olvidar. “Mi marido. Un accidente. Ahora mismo voy para allá. Hay café hecho.”
Casi siempre te levantas antes que yo. En realidad yo suelo llevar ya un rato despierto pero finjo estar dormido para espiarte por la rendija de mis párpados. Soy de esos pocos afortunados que pueden observar desde la cama cómo te peleas con ese aprendiz de flequillo que no alcanzas a amarrar detrás de las orejas, mientras te vuelves a cargar las manos con el reloj, las pulseras, la alianza de oro y los anillos de plata.
Lo cierto es que esta mañana me he perdido el ritual, ni siquiera he sentido cómo se ha ido enfriando tu lado de la cama. Esta mañana toca estela. La estela de una perla de sudor travestida de perfume. El eco de tus tacones martilleando el parqué. La huella de carmín en la taza. El temblor, creo, de tu voz al teléfono “ahora mismo voy para allá”. El frío invernal de los desayunos impares.
Y esa cara. Esa cara de pardillo que se te queda cuando alguien te saluda entre la multitud y tú le correspondes, hasta que te das cuenta de que no es a ti. ¿Por qué me siento así? Aún así me arreglo el pelo, me quito las legañas de los ojos y me sirvo el café. Después de todo, por qué no imaginar que no te has ido, tal vez sea cierta esa sensación de que tus ojos me observan tras la puerta de la cocina.
Trato de hacer como al principio, ¿cómo era antes? Contar hasta cien y romper el abrazo con la excusa de que llego tarde a una reunión. Callarte los morros con un beso a destiempo cada vez que presiento un te quiero. Llamadas justo cuando sé que no me puedes coger el móvil para dejar el mensaje.
“Hay café hecho”, anunciaste antes de irte. Ahora solo pienso en que te has marchado sin despedirte. Sin un abrazo, sin un te quiero, sin un mísero post-it de ahora vuelvo. Solo has dejado un cruasán manco en un lecho de migas hojaldradas. Trato de no escuchar el silencio, de no percatarme de mi soledad. La cuchara protesta en su jaula de porcelana, el periódico de ayer despereza sus hojas, la mesa gime bajo la presión de mis codos. Y yo parezco un pobre director de orquesta cardando el silencio de tu ausencia.
Se hace tarde y tengo que ir a trabajar. Mi casa se queda casi tan desordenada como mi corazón. Tu voz resuena en mi cabeza con la resaca de quien intenta olvidar. “Mi marido. Un accidente. Ahora mismo voy para allá. Hay café hecho.”
sábado, 13 de febrero de 2010
Se cierra una puerta, se abre una ventana
Está de pie. Quieta. Le tiemblan las piernas, de modo que da un paso hacia atrás y se desploma en el sofá. Expulsa un soplo de aire por la boca. Ha sido un día duro. Mete la mano en el bolsillo del delantal, coge un paquete de cigarrillos y se coloca uno entre los labios. Intenta encendérselo, pero el cigarro no deja de temblar. Se quema los dedos con la cerilla. Lo intenta de nuevo. Entonces hincha el pecho y el humo se escapa de su boca, nublándole la vista. Con el pulgar de la misma mano que sostiene el cigarrillo se araña levemente la frente para apartar un mechón de pelo húmedo.
Cierra los ojos y escucha. Silencio. Absoluto. Bendito silencio. Dentro de poco José Alfredo vendrá a buscarla. Llamará al telefonillo y ella bajará corriendo por las escaleras. Él la estará esperando apoyado en su Mercedes negro, con un ramo de flores. La lleva a Venezuela, de donde es él. Allí es donde trabaja, en un hospital. Es doctor, el más guapo de toda la planta de neurología. Y está loco por ella.
Abre los ojos. Fija la mirada en un solo punto, y sin embargo distingue cada silueta del paisaje. Los zapatos de Paco están todavía en el suelo desde antes de ayer, junto a la tapa del yogur que cenó anoche antes de irse a la fábrica. Hay una mancha gris en el suelo. Lleva días ahí, pero ya se le había olvidado. Solo se acuerda de ella cuando la pisa y los calcetines se le pegan al suelo como si fueran de velcro. A pesar del humo del tabaco distingue un ligero olor a pies que le sube por la nariz, y a sábanas sucias, y a fruta podrida. El ambiente está cargado, se levanta a abrir la ventana. No, sigue sentada, fue solo una intención.
A quien mira fijamente es al niño, a través de los barrotes de la cuna. Está tranquilo. Parece que la está mirando, porque le brillan los ojos. Solo lleva los pañales y una camiseta de los Lunnis que se ha puesto perdida de manchas de vete a saber qué. Otra lavadora con la ropita del niño, joder. Por lo menos ahora ha dejado de berrear. Tiene una postura extraña, con el cuello torcido y los brazos haciendo un cuatro. Por su boca, esa boquita de piñón, cae un hilo de baba, y por su frente se derrama la sangre desde la brecha de su cabeza. Profunda, de un rojo oscuro abismal.
De pronto el corazón se le encoge. Se levanta, ahora sí, del sofá. Avanza hacia la cuna con la indecisión de quien pregunta sin querer saber la respuesta. Su pie derecho tropieza con el martillo. Justo entonces le viene a la mente el ruido de un golpe seco, como el de un coco al partirse, y acto seguido el silencio, bendito silencio, que ahora se ha convertido en angustia envasada al vacío. Ella siente que algo le falta, como si le hubieran arrancado un brazo o una pierna. No, algo más importante, un órgano vital, como si una plaga de gusanos le estuvieran devorando las entrañas ahora mismo, mientras camina hacia su hijo, mi niño, mi niño… La culpa le sube por las venas como la leche se sale del cazo al hervir. De pronto deja de haber aire en la habitación, y un millón de hormigas le suben por el cuerpo desde las piernas hasta la nuca. Tiene el corazón en la boca y se ha quedado a oscuras. Entonces abre los ojos, y la acera de la calle se le echa encima a una velocidad irremediable.
Había abierto la ventana.
Pido disculpas a mis lectores y lectoras por lo desagradable de la historia, ahora que tengo una hija la leo y me parece increíble que algo tan “gore” saliera de mi cabeza. Lo escribí cuando trabajaba en un centro abierto con familias que vivían a diario situaciones que para mí eran extremas. Una noche una madre me dijo “a veces la mataría”, refiriéndose a su hija de 5 años. Me impactó tanto su comentario que no pude dejar de pensar en qué se le pasaría a alguien por la mente para llevar esa reflexión hasta sus últimas consecuencias. Y solo se me ocurrió la ausencia total de pensamiento, la locura transitoria…
Cierra los ojos y escucha. Silencio. Absoluto. Bendito silencio. Dentro de poco José Alfredo vendrá a buscarla. Llamará al telefonillo y ella bajará corriendo por las escaleras. Él la estará esperando apoyado en su Mercedes negro, con un ramo de flores. La lleva a Venezuela, de donde es él. Allí es donde trabaja, en un hospital. Es doctor, el más guapo de toda la planta de neurología. Y está loco por ella.
Abre los ojos. Fija la mirada en un solo punto, y sin embargo distingue cada silueta del paisaje. Los zapatos de Paco están todavía en el suelo desde antes de ayer, junto a la tapa del yogur que cenó anoche antes de irse a la fábrica. Hay una mancha gris en el suelo. Lleva días ahí, pero ya se le había olvidado. Solo se acuerda de ella cuando la pisa y los calcetines se le pegan al suelo como si fueran de velcro. A pesar del humo del tabaco distingue un ligero olor a pies que le sube por la nariz, y a sábanas sucias, y a fruta podrida. El ambiente está cargado, se levanta a abrir la ventana. No, sigue sentada, fue solo una intención.
A quien mira fijamente es al niño, a través de los barrotes de la cuna. Está tranquilo. Parece que la está mirando, porque le brillan los ojos. Solo lleva los pañales y una camiseta de los Lunnis que se ha puesto perdida de manchas de vete a saber qué. Otra lavadora con la ropita del niño, joder. Por lo menos ahora ha dejado de berrear. Tiene una postura extraña, con el cuello torcido y los brazos haciendo un cuatro. Por su boca, esa boquita de piñón, cae un hilo de baba, y por su frente se derrama la sangre desde la brecha de su cabeza. Profunda, de un rojo oscuro abismal.
De pronto el corazón se le encoge. Se levanta, ahora sí, del sofá. Avanza hacia la cuna con la indecisión de quien pregunta sin querer saber la respuesta. Su pie derecho tropieza con el martillo. Justo entonces le viene a la mente el ruido de un golpe seco, como el de un coco al partirse, y acto seguido el silencio, bendito silencio, que ahora se ha convertido en angustia envasada al vacío. Ella siente que algo le falta, como si le hubieran arrancado un brazo o una pierna. No, algo más importante, un órgano vital, como si una plaga de gusanos le estuvieran devorando las entrañas ahora mismo, mientras camina hacia su hijo, mi niño, mi niño… La culpa le sube por las venas como la leche se sale del cazo al hervir. De pronto deja de haber aire en la habitación, y un millón de hormigas le suben por el cuerpo desde las piernas hasta la nuca. Tiene el corazón en la boca y se ha quedado a oscuras. Entonces abre los ojos, y la acera de la calle se le echa encima a una velocidad irremediable.
Había abierto la ventana.
Pido disculpas a mis lectores y lectoras por lo desagradable de la historia, ahora que tengo una hija la leo y me parece increíble que algo tan “gore” saliera de mi cabeza. Lo escribí cuando trabajaba en un centro abierto con familias que vivían a diario situaciones que para mí eran extremas. Una noche una madre me dijo “a veces la mataría”, refiriéndose a su hija de 5 años. Me impactó tanto su comentario que no pude dejar de pensar en qué se le pasaría a alguien por la mente para llevar esa reflexión hasta sus últimas consecuencias. Y solo se me ocurrió la ausencia total de pensamiento, la locura transitoria…
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