“- Oiga, ¿le importaría ir un poco más despacio?”
No le dio tiempo a acabar la frase cuando el taxista frenó en seco y dio un volantazo hacia la izquierda. Su pómulo derecho se aplastó violentamente contra la ventanilla, al tiempo que oía un tremendo aullido de dolor y el ruido del asfalto arañando los neumáticos. El peatón se tenía en pie, totalmente inmóvil, con los hombros encogidos y agarrándose con fuerza al pesado abrigo marrón que apretaba contra su pecho, como queriendo usarlo de escudo, y con una expresión de indefensión en el rostro como si aún estuviera esperando a que el coche le arrollara. Desde el asiento trasero del taxi, Sonia observaba la escena a través de la ventanilla, sujetando con su mano la mejilla dolorida, con esa sensación de extrañeza que uno tiene cuando ocurre algo que se sale de la línea de acontecimientos previsibles en su vida cotidiana. Ella estaba al margen de todo ello, ella no acababa de atropellar a nadie, solo era una observadora externa presenciando el proceso por el cual una mujer llamada Sonia empezaba a vivir una vida que no era la suya.
El taxista salió del coche y desapareció tras el capó, al igual que el hombre del abrigo marrón, quien se agachó para atender a lo que parecía ser la verdadera víctima del atropello. Sin embargo, pensó Sonia, nadie más estaba cruzando la calle en ese momento, sólo aquel hombre menudo abrazado a su abrigo. Pensó en salir del coche para ver con claridad lo que había ocurrido, pero en realidad no buscaba respuestas, sólo buscaba la forma de dar marcha atrás en el tiempo y tomar la decisión al salir de la clínica de ir andando a casa en lugar de pedir un taxi, a pesar de los dolores que ya empezaba a intuir según se iban neutralizando los efectos de la anestesia.
Era un día soleado, de esos en los que a una le apetece caminar a un ritmo razonablemente lento, por irrazonable que sea en una gran ciudad caminar si prisas. Pero andar habría supuesto para ella la oportunidad de detenerse un segundo y reflexionar sobre algo más que no fueran los balances de cuentas del pasado mes de Marzo, habría supuesto quizás centrar su pensamiento en el vacío de su útero, en el sonido de la máquina que le aspiró ese pequeño soplo de vida inoportuno, en el modo en que sacaría el tema esta noche durante la cena después del pásame la sal. Sabía que a él le parecería la mejor opción, y sin embargo no le consultó la decisión. Soy una mujer libre e independiente, se decía, y sin embargo no acababa de convencerse a sí misma. No era el miedo a que a él le pareciese mal, sino más bien el miedo a esa indiferencia con la que ella misma quiso llevar todo el asunto, el miedo a que él se tomara esa última oportunidad de ser madre como un detalle sin importancia, un obstáculo que uno sortea sin la más mínima dificultad, como quien le da una patada a una piedra con las manos en los bolsillos.
- “¿Que si está usted bien, señora?”
Ni siquiera le había oído la primera vez que el taxista se lo preguntó, asomando la cabeza por la ventanilla del coche con el teléfono móvil en la mano. Estaba demasiado preocupada en responderse a sí misma a la pregunta ¿y si ni siquiera le comento nada del aborto?
- “Sí, sí, no se preocupe. Sólo un pequeño golpe en la cara. Estoy bien”.
Se puso a buscar el monedero en el bolso para pagar al taxista y seguir su camino a pie, parece que después de todo sí que necesitaba pensar en algo más que en los balances. Miró el taxímetro, que seguía corriendo, e hizo una estimación a la alza de lo que le podría haber cobrado el taxista de haberlo parado en el preciso instante en que atropelló a quien fuera que estaba aún tendido en el suelo, a escasos centímetros de la rueda del coche. Abrió la puerta del SEAT Toledo y se dispuso a salir del taxi, esperando que en ese momento no le fallaran las piernas, que llevaban temblándole ya desde antes del accidente, desde antes de entrar a la clínica, quizás desde el preciso momento en que se dio cuenta de que se había quedado embarazada por error. Los cimientos de su decisión temblaban y con ellos toda su vida, que tomaba un rumbo que parecía no ser el correcto. No lo parecía porque esa sensación de extrañeza ya la tenía desde antes, como quien coge un camino en un cruce espiando por el rabillo del ojo lo que deja atrás, y preguntándose si no habría sido mejor desviarse por el otro, por aquel que en ese momento parecía el más descabellado y sin embargo seguía pareciendo a todas luces el más adecuado.
- “No, mujer, no me pague usted ahora. Tiene que esperar a que lleguen los municipales, que a lo mejor tiene que dar parte usted de lo que ha ocurrido. Yo al hombre le vi, ¿sabe? pero al perro… me lo he llevado por delante, pobre animal. Si es que así no se puede, a esta gente tiene alguien que ayudarle a cruzar, que con un perro uno no se apaña, luego pasa lo que pasa, que me lo llevo por delante. Porque el semáforo estaba a punto de ponerse rojo, ¿sabe usted? Pero el perro nada, a cruzar la calle, y el ciego detrás, a ver, se tendrá que fiar del animal ¿no? Pero es que así no se puede, luego pasa lo que pasa…”
A ella todo el discurso del taxista le pareció surrealista, mientras él gesticulaba y levantaba los hombros como sacudiéndose la culpa por el accidente, ella observaba al hombre del abrigo marrón, agachado junto a su perro, acariciándole la cabeza con las manos manchadas de sangre. Tenía la expresión serena, y sin embargo daba la sensación de estar totalmente desubicado. En ese instante no parecía haber en el mundo alguien más perdido que él, y a ella le entró un profundo sentimiento de compasión, tanto que empezó a preguntarse si esa sensación de desamparo la provocaba la escena que estaba contemplando o se trataba más bien de una proyección, un sentimiento que nacía de ella, y era tan suyo como el vacío de su vientre. Ella se dirigió a él para preguntarle cómo se encontraba. Él, sin levantar la cabeza, le respondió:
- “Me he quedado a oscuras”.
A Sonia se le echó encima la realidad con la misma violencia con la que la ventanilla del taxi le abofeteó la cara. Ya no era una observadora externa, no podía observar nada porque también ella estaba a oscuras. ¿Desde cuando había empezado a tomar decisiones equivocadas? ¿Cuánto tiempo llevaba avanzando por el camino inadecuado? Era la primera vez que su voluntad se hacía oír de una forma tan rotunda, y era demasiado tarde. Sonia se alejó del coche y se sentó en el borde de la acera. Se llevó la mano a la tripa y echó a llorar.
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