Era la 547. No tenía nombre, ni siquiera rostro. Tansolo un número de celda. Aquel soldado enclenque jugueteaba tontamente con el enorme llavero como si fuese un sonajero. Tantas llaves para tantas puertas que jamás volverían a abrirse. Qué tontería, pensó Roberto. Si por él fuese, las tiraría todas al río, y así ese estúpido soldado dejaría de hacer aquel ruido tan molesto. Hace tiempo le oyó decir a un uruguayo que allá en Montevideo llamaban "llave" al amigo, porque entendían que donde uno tiene un amigo tiene una casa. Tener amigos era como tener abiertas las puertas del mundo. Pero en ese oscuro túnel todo eran puertas cerradas, celdas muertas con gente muerta en su interior. Murieron todos al estallar la guerra. Roberto no. Él llevaba muerto varios años cuando los militares asaltaron el parlamento. Se había vuelto un hombre tan oscuro, que a veces resultaba difícil distinguirle de su propia sombra. Tampoco él tenía nombre, ni siquiera rostro. Él era un uniforme con galones en el pecho.
Se adentraron en un lúgubre pasillo, apenas iluminado por una tímida bombilla, también ella parecía expirar su último aliento de luz.
"Es aquí, mi Coronel. No creo que hable, desde que la encerraron no ha comido apenas nada. Ni falta que hace. Solo es una rata más de esa panda de malditos rojos".
El codo en su boca, de golpe. Cómo le hubiera gustado callar a ese lameculos enquistado en un uniforme demasiado grande. Hablaba demasiado, sin saber siquiera lo que decía. La gratuidad de su comentario era casi tan irritante como el ruido de aquel llavero arañando la cerradura.
"Es toda suya", sentenció.
Una ola de oscuridad le azotó la cara. Acto seguido, el calabozo escupió su peor aliento a heces y humedad. El hedor hacía el aire prácticamente irrespirable. Roberto se preguntaba una y otra vez por qué demonios le habían encargado a él el trabajo sucio. Esa era tarea de otros. Aunque lo cierto era que ahora esos otros estaban ocupados con un trabajo aún más sucio que el suyo, sucio de sangre, miedo y lodo en los abismos atrincherados de la tierra. Solo deseaba que el encuentro terminase cuanto antes. La chica tenía que hablar, fuera como fuese. No importaban los medios para conseguirlo. De hecho, nunca antes habían importado, sus botas bien pulidas y sus nudillos aserrados tenían la experiencia del verdugo más longevo.
Cuando sus pupilas se acomodaron a la falta de luz, distinguió una pálida sombra tendida a escasos centímetros de sus pies. Parecía un fantasma inanimado, un ovillo de mujer que bien podría reposar en el cuenco de sus manos. Un vestido que debió ser blanco, ahora maculado de sangre y suciedad, arropaba sus huesos de bambú como si de una mortaja se tratase.
No era el primer fantasma que veía. A lo largo de su muerte, muchos se habían cruzado por su camino, y otros muchos habían sucumbido al horror de la tortura. Hacía ya tiempo que había cambiado los puños por la pluma para sentenciar muertes, pero las prácticas de sangre y fuego son algo que uno aprende y no olvida jamás. En cierto modo, le resultaba entre extraño y sobrecogedor recordar el ruido seco de los huesos al partirse bajo la suela de sus botas.
Aún con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón, propinó un puntapié al cuerpo semi-muerto de la chica. Por un momento creyó que se iba a resquebrajar como la cáscara de un huevo. Pero no se dejó amedrentar por su aparente fragilidad. Era de dominio público que aquella mosquita muerta y su novio republicano habían agitado a las masas con su verborrea revolucionaria, levantando a la plebe, a miserables e ignorantes, en contra del poder militar. Ahora ella era solo otra pieza de carnaza en manos del ejército, un pozo de valiosa información que tardaría en ser descorchada.
"¿Quiere un cigarrillo, mi Coronel?", le preguntó el soldado, tendiéndole una cajetilla a través del umbral de la puerta.
"Esto va para largo", añadió.
Roberto sacó la caja de cerillas de su bolsillo y se agachó hacia el cuerpo inerte de la chica, de tal modo que pudiese aprovechar la luz del fósforo para verle la cara y encender al tiempo el cigarrillo.
El fósforo prendió. El rostro de ella también. Prendió en el agujero negro de su memoria, en el oscuro hueco que quedó vacío cuando ella se marchó de su vida y le vino a visitar la muerte, la misma muerte que le vino acompañando todos estos años hasta encender la mecha de sus recuerdos. Era ella, como un ángel en la noche, la misma niña a la que robó la inocencia, la que le robó el alma y con ella se marchó.
La llama de la cerilla le quemó los dedos. Maldijo al mundo y sus fronteras. Maldijo a las heridas del corazón por haberles separado, maldijo al tiempo por matarle de olvido, y a su alma por quedarse con ella, con la niña de sus ojos, con el ángel que le dio la muerte, que ahora él le devolvería.
martes, 23 de marzo de 2010
Suscribirse a:
Entradas (Atom)