sábado, 13 de febrero de 2010

Se cierra una puerta, se abre una ventana

Está de pie. Quieta. Le tiemblan las piernas, de modo que da un paso hacia atrás y se desploma en el sofá. Expulsa un soplo de aire por la boca. Ha sido un día duro. Mete la mano en el bolsillo del delantal, coge un paquete de cigarrillos y se coloca uno entre los labios. Intenta encendérselo, pero el cigarro no deja de temblar. Se quema los dedos con la cerilla. Lo intenta de nuevo. Entonces hincha el pecho y el humo se escapa de su boca, nublándole la vista. Con el pulgar de la misma mano que sostiene el cigarrillo se araña levemente la frente para apartar un mechón de pelo húmedo.

Cierra los ojos y escucha. Silencio. Absoluto. Bendito silencio. Dentro de poco José Alfredo vendrá a buscarla. Llamará al telefonillo y ella bajará corriendo por las escaleras. Él la estará esperando apoyado en su Mercedes negro, con un ramo de flores. La lleva a Venezuela, de donde es él. Allí es donde trabaja, en un hospital. Es doctor, el más guapo de toda la planta de neurología. Y está loco por ella.

Abre los ojos. Fija la mirada en un solo punto, y sin embargo distingue cada silueta del paisaje. Los zapatos de Paco están todavía en el suelo desde antes de ayer, junto a la tapa del yogur que cenó anoche antes de irse a la fábrica. Hay una mancha gris en el suelo. Lleva días ahí, pero ya se le había olvidado. Solo se acuerda de ella cuando la pisa y los calcetines se le pegan al suelo como si fueran de velcro. A pesar del humo del tabaco distingue un ligero olor a pies que le sube por la nariz, y a sábanas sucias, y a fruta podrida. El ambiente está cargado, se levanta a abrir la ventana. No, sigue sentada, fue solo una intención.

A quien mira fijamente es al niño, a través de los barrotes de la cuna. Está tranquilo. Parece que la está mirando, porque le brillan los ojos. Solo lleva los pañales y una camiseta de los Lunnis que se ha puesto perdida de manchas de vete a saber qué. Otra lavadora con la ropita del niño, joder. Por lo menos ahora ha dejado de berrear. Tiene una postura extraña, con el cuello torcido y los brazos haciendo un cuatro. Por su boca, esa boquita de piñón, cae un hilo de baba, y por su frente se derrama la sangre desde la brecha de su cabeza. Profunda, de un rojo oscuro abismal.

De pronto el corazón se le encoge. Se levanta, ahora sí, del sofá. Avanza hacia la cuna con la indecisión de quien pregunta sin querer saber la respuesta. Su pie derecho tropieza con el martillo. Justo entonces le viene a la mente el ruido de un golpe seco, como el de un coco al partirse, y acto seguido el silencio, bendito silencio, que ahora se ha convertido en angustia envasada al vacío. Ella siente que algo le falta, como si le hubieran arrancado un brazo o una pierna. No, algo más importante, un órgano vital, como si una plaga de gusanos le estuvieran devorando las entrañas ahora mismo, mientras camina hacia su hijo, mi niño, mi niño… La culpa le sube por las venas como la leche se sale del cazo al hervir. De pronto deja de haber aire en la habitación, y un millón de hormigas le suben por el cuerpo desde las piernas hasta la nuca. Tiene el corazón en la boca y se ha quedado a oscuras. Entonces abre los ojos, y la acera de la calle se le echa encima a una velocidad irremediable.

Había abierto la ventana.

Pido disculpas a mis lectores y lectoras por lo desagradable de la historia, ahora que tengo una hija la leo y me parece increíble que algo tan “gore” saliera de mi cabeza. Lo escribí cuando trabajaba en un centro abierto con familias que vivían a diario situaciones que para mí eran extremas. Una noche una madre me dijo “a veces la mataría”, refiriéndose a su hija de 5 años. Me impactó tanto su comentario que no pude dejar de pensar en qué se le pasaría a alguien por la mente para llevar esa reflexión hasta sus últimas consecuencias. Y solo se me ocurrió la ausencia total de pensamiento, la locura transitoria…

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