Al cruasán le falta un brazo. Huele a café. Huele a café liquidado de un sorbo. Me huele a prisa. Lo has dejado todo sin recoger. Lo prefiero, en realidad es como si no hubieras hecho más que empezar. Es como si me estuvieras esperando apoyada en la encimera de la cocina. Siéntate cariño, ¿quieres café? Y entonces yo te digo que sí después de morderle el otro brazo al cruasán.
Casi siempre te levantas antes que yo. En realidad yo suelo llevar ya un rato despierto pero finjo estar dormido para espiarte por la rendija de mis párpados. Soy de esos pocos afortunados que pueden observar desde la cama cómo te peleas con ese aprendiz de flequillo que no alcanzas a amarrar detrás de las orejas, mientras te vuelves a cargar las manos con el reloj, las pulseras, la alianza de oro y los anillos de plata.
Lo cierto es que esta mañana me he perdido el ritual, ni siquiera he sentido cómo se ha ido enfriando tu lado de la cama. Esta mañana toca estela. La estela de una perla de sudor travestida de perfume. El eco de tus tacones martilleando el parqué. La huella de carmín en la taza. El temblor, creo, de tu voz al teléfono “ahora mismo voy para allá”. El frío invernal de los desayunos impares.
Y esa cara. Esa cara de pardillo que se te queda cuando alguien te saluda entre la multitud y tú le correspondes, hasta que te das cuenta de que no es a ti. ¿Por qué me siento así? Aún así me arreglo el pelo, me quito las legañas de los ojos y me sirvo el café. Después de todo, por qué no imaginar que no te has ido, tal vez sea cierta esa sensación de que tus ojos me observan tras la puerta de la cocina.
Trato de hacer como al principio, ¿cómo era antes? Contar hasta cien y romper el abrazo con la excusa de que llego tarde a una reunión. Callarte los morros con un beso a destiempo cada vez que presiento un te quiero. Llamadas justo cuando sé que no me puedes coger el móvil para dejar el mensaje.
“Hay café hecho”, anunciaste antes de irte. Ahora solo pienso en que te has marchado sin despedirte. Sin un abrazo, sin un te quiero, sin un mísero post-it de ahora vuelvo. Solo has dejado un cruasán manco en un lecho de migas hojaldradas. Trato de no escuchar el silencio, de no percatarme de mi soledad. La cuchara protesta en su jaula de porcelana, el periódico de ayer despereza sus hojas, la mesa gime bajo la presión de mis codos. Y yo parezco un pobre director de orquesta cardando el silencio de tu ausencia.
Se hace tarde y tengo que ir a trabajar. Mi casa se queda casi tan desordenada como mi corazón. Tu voz resuena en mi cabeza con la resaca de quien intenta olvidar. “Mi marido. Un accidente. Ahora mismo voy para allá. Hay café hecho.”
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